Circunstancias de la vida diaria me pusieron a pensar en el sentido de pertenencia que uno asigna a cosas, lugares, olores, etc.
Uno de los plots televisivos y cinematográficos más conocidos es la de aquél personaje que olvida de dónde viene, pierde su rumbo, y se tranforma en algo que en verdad no le gusta (o si). Tan importante es pertenecer, que hasta la tele le da bola.
El lugar al que uno pertenece es casi lo opuesto a aquellos lugares que le pertenecen a uno. Estos últimos conllevan un placer más material, más temporal. En cambio los primeros casi que lo poseen a uno.
Acá viene toda una explicación de entramado sociocultural que se construye en ese lugar de pertenencia, que en la Varietè no vamos a hacer, porque seguramente va a ser verdura. Pero intuímos que algo de eso hay.
Esto viene a cuento de unos amigos que por estos días están perdiendo un lugar que era hogar, proyecto, pertenencia en el sentido más puro de la palabra. No viene al caso mencionar el lugar; ellos saben quienes son, y al resto de ustedes probablemente no les importe.
El caso es que escribo para decirles que de ese lugar ellos se llevan lo mejor. Se llevan la escencia misma del lugar, lo que lo transformaba de una ignota esquina en el centro de Buenos Aires a lugar de encuentro, de amistad, de arte, de ideas...
"Perder con Clase y vencer con Osadía, porque el mundo pertenece a quienes se atreven", dijo Charles Chaplin. Y yo agrego que, para perder con clase, es necesario entre otras cosas saber que el tiempo está de nuestra parte.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
domingo, 16 de diciembre de 2007
Dolor, miedo y sus vericuetos
Doménico Cieri Estrada, escritor mexicano, exclamaba "Cuantos pretextos fabrica el miedo!" Y tiene razón. El miedo es la mejor excusa para huir. La mejor forma de hacerse el gil, en criollo.
Uno teme, entonces fabrica contextos de no-miedo: se mueve por lugares que son conocidos, dominados, y se aleja de aquellos que le son ajenos. De ahí el miedo a lo que uno no conoce: si uno no puede dominarlo, no le queda otra que temerle.
El problema, el pequeño problema, está en que en algún momento, esos moldes de no miedo se desmoronan. Ahi uno se enfrenta a la realidad, que da miedo, da mucho miedo. No hay más verdades acolchadas, no hay más jardines con aire acondicionado. El asfalto pegajoso anticipa lo peor: no podemos vivir más encerrados en el miedo.
El miedo es como el dolor, en algún punto. Si a uno le duele el oído, significa que algo anda mal; hay que curarlo. Con el miedo pasa algo parecido. Cuando uno teme, es porque hay algo que solucionar, algo que hacer. "El que quiere hacer algo busca un miedo; el que no quiere hacer nada busca una excusa", dice un proverbio árabe.
La cosa es que sentir dolor es bueno, porque de lo contrario nos quedaríamos sordos sin darnos cuenta. La diferencia es que darnos cuenta del miedo, y de a qué le tenemos miedo, es bastante más difícil.
Uno teme, entonces fabrica contextos de no-miedo: se mueve por lugares que son conocidos, dominados, y se aleja de aquellos que le son ajenos. De ahí el miedo a lo que uno no conoce: si uno no puede dominarlo, no le queda otra que temerle.
El problema, el pequeño problema, está en que en algún momento, esos moldes de no miedo se desmoronan. Ahi uno se enfrenta a la realidad, que da miedo, da mucho miedo. No hay más verdades acolchadas, no hay más jardines con aire acondicionado. El asfalto pegajoso anticipa lo peor: no podemos vivir más encerrados en el miedo.
El miedo es como el dolor, en algún punto. Si a uno le duele el oído, significa que algo anda mal; hay que curarlo. Con el miedo pasa algo parecido. Cuando uno teme, es porque hay algo que solucionar, algo que hacer. "El que quiere hacer algo busca un miedo; el que no quiere hacer nada busca una excusa", dice un proverbio árabe.
La cosa es que sentir dolor es bueno, porque de lo contrario nos quedaríamos sordos sin darnos cuenta. La diferencia es que darnos cuenta del miedo, y de a qué le tenemos miedo, es bastante más difícil.
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