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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Otro tiempo

El pueblo costero se movía al ritmo de noviembre. Poca gente, muchos trabajando en casas y edificios que parecían abandonados, con ganas de despabilarse. Las esquinas que iban a sangrar autos en enero ahora eran lugar de reunión de señores locales, en el kiosco de diarios o el almacén de barrio.

El supermercado no escapaba a esta lógica. Su presencia citadina desentonaba. Las grandes ofertas en rojo se frustraban, desapercibidas.

Sólo dos cajas abiertas. La espera, sin embargo, era motivada por la charla entre cajeros y clientes que, de 20 a 8 eran simplemente vecinos.

Despues de las preguntas de rigor, la cajera suelta amablemente "25 pesos". La clienta saca de su enorme bolso una billetera, y separa dos billetes de 10 y uno de 5. Mientras lo hace, deja al descubierto una estampita
"Qué linda virgencita" dice la cajera. "Te la regalo, responde la señora, y hace ademán de sacarla de entre papeles y billetes. "Pero es suya!" el comentario de la chica no alcanza a disfrazarse de protesta. "Tengo otra, tomá" responde la mujer, con una sonrisa de abuela

viernes, 11 de noviembre de 2011

Trámite

Tenía que tramitar el certificado de antecedentes penales (se llama Certificado de Reincidencia). Intuía que, al igual que el resto de las diligencias que incluyen la palabra "certificado" sería, básicamente, una tarea engorrosa.

Hete aquí que entro al edificio, me acerco a un mostrador, me controlan el DNI, me acerco a la caja, pago ($30) me siento, espero breves instantes, me llaman por apellido, entro, me toman las huellas digitales y salgo.

Todo en un total de, pongamos, 8 minutos.

Bonus: la chica que me atendió tenía tatuaje de mariposa en el hombro, uñas pintadas de violeta, y escuchaba, en ese momento, Tin Pan Alley, de Stevie Ray Vaughan. Así si!

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fotos

Esta es una ciudad de mierda. "Que ciudad increíble, Buenos Aires" dicen mis amigos uruguayos. Si, increíble. Que subsista. Eso es increíble. Tremenda porquería de polvo de cemento y pelusa de plátanos, y de taxistas que aprendieron a defenderse de los bondis y de motos que aprendieron a defenderse de los taxis. Ciudad de posesiones, material, ostentosa.

Y la humedad! transpirar de septiembre a abril, en mangas de camisa.

Increíble.

Las bocinas. Se pusieron a pensar en las bocinas? Hace cuánto que no se ve el horizonte?

Lo increíble es que cada tanto esta pila de ladrillos logre parecerse a otro lugar. Logra, a veces, sorprendernos.

Y cada tanto la Avenida de Mayo se pone de cara al sol y se ilumina, y las sombras del ocaso esconden la basura, y el sol le pone escenografía a la Primera Junta. Y por Plaza de Mayo, en esos mediodías furiosos de luz, se huele el vacío desde las parrillas atorrantas de la city.

Y la noche.

Todos los gatos son pardos, de noche. Todos menos Buenos Aires. Como una pantera, de día se agazapa y después aparece, brillante, de noche. Aparece y te enamorás, no podés dejarla, y a la mañana encontrás, vacío, su silueta dibujada en tu colchón.

"Que ciudad increíble, Buenos Aires" dicen mis amigos uruguayos. Y tienen razón. Más de la que imaginan.

martes, 28 de diciembre de 2010

Paisaje ferroviario

40 grados. Un calor agudo, grave, esdrújulo, asfixia como un cielorraso de arena. Las espaldas, las frentes, los pechos, las muñecas transpiran. Las camisas se empapan bajo el sol de las 4 de la tarde.

Una pareja se da un beso casto, intentando no subir más la temperatura.

Una mujer sostiene a un chico de pocos meses. El nene expía las ganas de llorar que tiene todo el vagón. Chilla, se retuerce. Tiene calor. La madre juguetea con el celular.

Otro padre agita una remera para darles algo de viento a los 4 chicos que se amontonan alrededor de la madre, sobre su falda o en el cochecito doble.

En casa posiblemente no haya luz. Diciembre volvió a morder.

En medio de todo, un nene de unos 3 años sufre. Lo veo en sus ojos vidriosos, en sus sienes empapadas, en el puchero que se dibuja en su boca. Nadie lo abanica. Nadie le presta demasiada atención.

Ahora siento el olor a cerveza y veo que dos asientos más allá un hombre bebe de una lata. Mi estación parece alejarse a medida que el tren avanza.

Mientras el costado de mi camisa se humedece, me siento culpable.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Fotos

El subte inundó la estación. La gente completó el tedioso trámite de subir y bajar, con cara de sábado húmedo y vencido. Yo también subí. Mismo trámite, misma cara.
No sé si dos, tres o cuantas estaciones más allá, pero los vi en el rincón que forman la puerta y el respaldo del asiento simple, tan codiciado cuando uno está sólo. El resto de la gente no les prestaba demasiada atención, extrañamente.

Ella era hippie. O quería. Pantalón tipo bambula violeta, ojotas, y ese truco que dominan tan bien las mujeres de ponerse una remera sin mangas sobre una musculosa y lucir sexys. Carterita cruzada, pelo suelto, tatuaje. Sonreía mucho, una sonrisa sincera. Casi me la creí.
Él tenía short de fútbol, remera blanca, zapatillas con medias cortas. Mostraba las plumas, hacía caras, todo el cortejo.

Intercambiaron miradas, la respetuosa distancia corporal mínima apenas rota por algún manotazo amistoso o algún apretón de manos. Yo no los escuchaba, pero llegando a Boedo empezaron las despedidas.

Un beso con abrazo. Sonrisas, algún otro manotón de onda. Antes de que la puerta se abra, el propone un segundo beso, otra vez con abrazo. Ella accede, sin reticencias. Sin embargo, las mejillas se tocan, los hombros se rozan, pero de ahi para abajo hay una eternidad. En medio del tedioso trámite, él empieza a bajar, chocando de frente con las personas que se agolpaban por ocupar los pocos asientos que habían quedado libres. Un último saludo. Chau.

Ella se sentó en frente de mi lugar. Al lado de ella se sentó un veterano con 10 años más y varios pelos menos de los que su vestimenta pedía, casi a gritos. Se bajó (ella) en Emilio Mitre, hablando por teléfono.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El baterista del Roca

Les cuento algo simpático: hoy venía en el Roca escuchando Aspen. Ok, eso no es simpático, es medio loser. Pero re banco la música de Aspen.
Bueno, allí venía, luego de una jornada agotadora, cuando vi a una de las personas sentadas cerca mio. Era un tipo de 30 y pico, y estaba escuchando algo también.
De repente, me di cuenta de que estaba llevando el ritmo de la canción que yo estaba escuchando. Primero pensé que era casual. Pero a medida que la canción avanzaba se hacía más obvio que era la misma. Y encima, el chabón tenía partes del cuerpo asignadas a tacho, tones, platillos, etc, con lo que además hacía los rulos de batería.

No me digan que no es reloco...

domingo, 30 de mayo de 2010

Nunca lo mismo

La plaza se abre ante mis ojos. Las apagadas luminarias crean un paisaje diferente, como si no se tratara de la misma plaza, del mismo barrio. Los mismos noctámbulos en los rincones gastados, los que hicieron de olvidables recovecos su improvisado hogar.
A la derecha las señoras salen de misa, mientras la Catedral iluminada inicia la letanía horaria de las campanadas. Volverán sin duda a sus casas, a sus cenas, a sus licores.
Voy dejando atrás la explanada, y los árboles añosos me reciben en franca penumbra. Entre las ramas apenas se divisan estrellas, en el despejado y frío cielo de mayo. Una pareja parece lamentar la tenue iluminación, deseando, quizás, el anonimato de la oscuridad.

Domingo. Termina la plaza, y la avenida sacude la pesadez con la primera oleada de autos. Y en ese trayecto tu cara se dibuja en las hojas, en las sombras. Y pienso, otra vez, en vos.

Y soy feliz.

lunes, 15 de febrero de 2010

Fotos

Está siempre en la puerta de la misma empresa, frente a la Plaza. La señora del sombrero hizo de tres baldosas cuadradas el único sitio que puede llamar hogar. Allí está cada mañana.
A veces el frío la convierte en una pila de frazadas y trapos viejos, bajo los cuáles sólo se adivina su sombrero negro. Los abrigos y las bufandas le son indiferentes; ajenos.
Otras, el calor no la desabriga. Sigue con el sombrero, durmiendo en las mañanas que anticipan aire acondicionado para los más afortunados.
Las pocas veces que la vi despierta (por qué querría despertarse?) sus ojos abiertos parecen cerrados. Opacos, miran hacia un lugar que ninguno de nosotros ve.
Que bronca me causa sólo poder escribirte.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Fotos

El ruido de la señal sonora anunció el abrupto cierre de las puertas. Varios pasajeros miraban anhelantes el tren que partía. Los últimos rayos de luz de la estación, débiles, no llegaban a iluminar la penumbra del túnel.

Aprontándome para la bajada, me acerqué a la puerta y perdí mi vista en la oscuridad frenética. A medida que la estación se acercaba, imágenes de un nuevo día de trabajo amenazaban con cambiar mi humor, y llevarme al estado de letárgica resistencia que me carateriza.

Delante de mi, tres pibes se ubicaron para bajar. Tan cerca que uno estaba apoyado contra mi brazo. Dos, más grandes, miraban al vacío impacientes, como si en el andén los aguardara algo que anticipaban mucho.

Un tercero se fue a corretear por el vagón, ante la actitud fastidiada de algunos pasajeros. De repente, cuando la luz de la estación Carlos Gardel se adivinaba en las paredes, el más grande dijo "Eh, vos, vení acá que en la próxima bajamos". De inmediato, el corredor regresó a su puesto.

Bajaron a las corridas, saltando los peldaños de la escalera mecánica; no los vi más, pero mi letárgica resistencia perdió sentido.