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jueves, 3 de noviembre de 2011

Fotos

Esta es una ciudad de mierda. "Que ciudad increíble, Buenos Aires" dicen mis amigos uruguayos. Si, increíble. Que subsista. Eso es increíble. Tremenda porquería de polvo de cemento y pelusa de plátanos, y de taxistas que aprendieron a defenderse de los bondis y de motos que aprendieron a defenderse de los taxis. Ciudad de posesiones, material, ostentosa.

Y la humedad! transpirar de septiembre a abril, en mangas de camisa.

Increíble.

Las bocinas. Se pusieron a pensar en las bocinas? Hace cuánto que no se ve el horizonte?

Lo increíble es que cada tanto esta pila de ladrillos logre parecerse a otro lugar. Logra, a veces, sorprendernos.

Y cada tanto la Avenida de Mayo se pone de cara al sol y se ilumina, y las sombras del ocaso esconden la basura, y el sol le pone escenografía a la Primera Junta. Y por Plaza de Mayo, en esos mediodías furiosos de luz, se huele el vacío desde las parrillas atorrantas de la city.

Y la noche.

Todos los gatos son pardos, de noche. Todos menos Buenos Aires. Como una pantera, de día se agazapa y después aparece, brillante, de noche. Aparece y te enamorás, no podés dejarla, y a la mañana encontrás, vacío, su silueta dibujada en tu colchón.

"Que ciudad increíble, Buenos Aires" dicen mis amigos uruguayos. Y tienen razón. Más de la que imaginan.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Esperar


Las maderas podridas de los barcos viejos siguen ahí. La seda, los jazmines, la pretendida pureza que intenta ocultarlas no las esconde y, en cambio, hace más incierto el dolor.

El agua marrón todavía lame el viejo cemento sobre el cual todos se levantan. Los hierros olvidados de buques, antes briosos, roen hoy el agua a la luz de infinitos rascacielos.

El cielo no vive en esta ciudad. Ese cielo que alguna vez vimos, de pendejos, en la ventana de la pieza, se fue. Dejó en su lugar un cadaver celeste, un cuerpo maquillado en un cajón de edificios.

Las almas de los marinos también duelen en esta ciudad. Los que alguna vez rompieron sus naves en la costa hoy vigilan atentos la derrota de unas personas demasiado anestesiadas para vivir. Inconcientes del destino que las acecha, que espera.

Foto

martes, 14 de septiembre de 2010

Beshessa

Seguimos con el tema Educación en Buenos Aires. No sin antes aclarar que los colegios de Cap. Fed. son un síntoma de un sistema educativo que, desde los contenidos, desde el funcionamiento, y desde la burocracia, está muy lastimado en todo el país.

Bien. Ya dijimos ayer que había números contradictorios en ejecución y la asignación del presupuesto de la ciudad a los colegios. Ahora tenemos algunas perlitas más.

Primero Gabriela Michetti, diputada nacional y ex jefa de Gobierno, dijo en Twitter que pide a los alumnos que trabajen por sus colegios, en lugar de reclamar: "...organizándonos para ir todos los fines de semana a trabajar por nuestras escuelas". Esa es la frase que salió publicada, en un arranque de nostalgia secundaria de Michetti.

Y vea que linda es la sintáxis y la semántica, que la frase significa que las tomas no redundan en trabajo para las escuelas. Ahora bien: ¿es tarea de los alumnos pintar? ¿El Gobierno de la Ciudad necesita una mano (de obra) de los alumnos?

Algo similar publicó La Nación. No parece casual.

La tarea de los alumnos es estudiar. Si no estudian, se las lllevan, repiten, o lo que sea. La tarea del gobierno es propiciar las condiciones para que eso suceda. Entiendo que en una escuela de una comunidad de escasos recursos otros actores colaboren con esta tarea. Pero no en Capital Federal.

Entiendo que las tomas, molestas y con un montón de efectos colaterales, son la manera que encuentra el alumnado de reclamarle a un Gobierno que haga lo que debería haber hecho (dato para nada menor).

Arreglar las escuelas por mano propia no cumple el mismo objetivo. Por lo que no es "otra forma" de protestar. De hecho, no es ni siquiera una forma.

Como si esto fuera poco, el amigo Esteban Bullrich, que debe soñar con calles cortadas a esta altura, mete ésta frase, que cierra un sport de antología. Mejor ni comentar.

EX POST: como bien dice Ceci en los Comentarios, la Sra Gabriela Michetti es ex Vice Jefa de Gobierno. A lo hecho, pecho.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Cada cuál con su laburo

El derrumbe de Villa Urquiza me genera dos interrogantes generales muy separados el uno del otro.

En primer lugar, las responsabilidades. Más allá de que en cuanto a imagen el hecho de que haya 600 denuncias sin revisar, entre otros errores, le hace flaco favor a Macri, esto no es responsabilidad de él. En todo caso, será tema de los organismos que deben controlar. El Jefe de Gobierno no puede ir oficina por oficina a ver quién hace y quién no su laburo. Eso sería, de hecho, hacer mal su laburo. Aquí hay mucha tela por cortar. Pero básicamente es eso.

En segundo lugar, la locura constructiva. Los vecinos de Villa Urquiza, al igual que los de Caballito, por ejemplo, se vienen movilizando porque el boom de la construcción no incluyó planificación urbana que permitiera que los edificios no se caigan, las cloacas no revienten, etc. Al respecto, en el Conurbano Sur la situación es similar, y muchos partidos (Lomas de Zamora es uno) tienen las napas freáticas tan cerca de la superficie que... bueno, imaginen lo que surge cuando llueve (pista: no son flores).

Estas dos cuestiones se cruzan aquí: tanto el derrumbe como la situación infraestructural tienen como raíz el fervoroso deseo de las empresas constructoras de aprovechar circunstancias favorables para hacer cuantos edificios se pueda, a la máxima velocidad posible. Esto si es responsabilidad de los gobernantes de las ciudades (y nacionales, claro). Digo, si va a estar bueno Buenos Aires, es porque la planificación de la ciudad será más que poner semáforos y bicisendas. Controlar que los intereses privados no afecten el bien público SI es parte de su trabajo, y una parte fundamental, y muy retrasada.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Buenos Aires

Ruido. Ruido de autos que viajan fastidiados, con dueños fastidiados, con vidas fastidiadas.
Luces. Luces que titilan sin sentido, sin color, sin humor.
La patrulla rodea la plaza. El oficial mira el reloj, apurado. Urgido.
Arriba las nubes también se olvidan de todo y se van hacia otro lado, en busca de un cielo menos apremiante, menos furioso.
Corriendo pasa un hombre con su perro. Una vuelta.
Yo no puedo sacarme esa sensación de que las cosas están sucediendo en otro lugar. Que esta ciudad ya no quiere saber lo que le pasa. Que soporta lo que le sucede, encerrada en un destino que la arrastra, que la enamora, que la viola y la protege. Que la hace.
Corriendo pasa un hombre con su perro. Otra vuelta.
Los árboles no quieren enterarse y miran hacia arriba, silbando su melodía de hojas arremolinadas por el viento.
Corriendo habrá pasado el hombre, en todavía otra vuelta. Pero ya no lo veo. Mi tren está cerca.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Fotos

El ruido de la señal sonora anunció el abrupto cierre de las puertas. Varios pasajeros miraban anhelantes el tren que partía. Los últimos rayos de luz de la estación, débiles, no llegaban a iluminar la penumbra del túnel.

Aprontándome para la bajada, me acerqué a la puerta y perdí mi vista en la oscuridad frenética. A medida que la estación se acercaba, imágenes de un nuevo día de trabajo amenazaban con cambiar mi humor, y llevarme al estado de letárgica resistencia que me carateriza.

Delante de mi, tres pibes se ubicaron para bajar. Tan cerca que uno estaba apoyado contra mi brazo. Dos, más grandes, miraban al vacío impacientes, como si en el andén los aguardara algo que anticipaban mucho.

Un tercero se fue a corretear por el vagón, ante la actitud fastidiada de algunos pasajeros. De repente, cuando la luz de la estación Carlos Gardel se adivinaba en las paredes, el más grande dijo "Eh, vos, vení acá que en la próxima bajamos". De inmediato, el corredor regresó a su puesto.

Bajaron a las corridas, saltando los peldaños de la escalera mecánica; no los vi más, pero mi letárgica resistencia perdió sentido.