Mostrando entradas con la etiqueta aprender. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aprender. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de abril de 2010

Camaleones y sorpresas

A veces la vida te sorprende. A veces la gente lo hace.

Una profesora de literatura del colegio secundario adonde estudié y en el que trabajé durante mucho tiempo, me regaló, cuando terminé mi carrera de periodismo, un pequeño libro de un autor que hasta el momento era para mi totalmente desconocido.

El título era, de por si, atractivo: "Obras completas (y otros cuentos)". El autor, guatemalteco, es Augusto Monterroso.

Resulta que Augusto Monterroso es un capo. Realmente.

Lo mejor es que otras profesoras y profesores más amigos me hicieron otros regalos, o ninguno. Pero esta profesora que era sólo compañera de trabajo me regaló uno de los mejores regalos que me hayan hecho por todo concepto.

A veces la vida te sorprende, decía. Uno nunca sabe cuándo algo que ya conoce va a cobrar sentido. A veces uno piensa que entendió, hasta que entiende.

Resulta que me crucé con otros libros, y otros cuentos de Monterroso, entre ellos éste que les paso acá abajo, y que entiendo hoy, de nuevo.


El camaleon que finalmente no sabía de que color ponerse

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.

Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.

Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema.

Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana o a esa hora del día o de la noche.

Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron el orden.

Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento, como sucedía entre las naciones más civilizadas.

Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse.

De esa época viene el dicho de que:

Todo Camaleón es según el color
del cristal con que se mira.

martes, 2 de febrero de 2010

Volando bajo

Lo malo de aprender es que muchas veces ese aprendizaje viene disfrazado de muchas formas. Me refiero al aprendizaje no sistematizado, claro. Al que sucede en el recreo, y no necesariamente en el aula.

"Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar", decía Bertrand Russell, con la intuición de que en principio a todos nos interesa aquello que está detrás del puente, sin importar si hay que cruzarlo o quemarlo. Sólo después sabemos cuál es cuál.

"La vida es aprendizaje, cuando dejes de aprender, mueres", dijo Tom Clancy, autor de bestsellers que, sin embargo, puede como cualquiera tener una buena tarde (o una buena frase). Vivir es aprender todo el tiempo, y desaprovechar ese aprendizaje constante suele no ser bueno. "Que mi mente se pasee hambrienta por ahí, intrépida, sedienta y flexible", decía Edward Estlin Cummings.

Hasta aquí, nos mantenemos en el seguro terreno del copy/paste en la Varietè; terreno que suele atraernos. Pero agregamos algo pequeño, de nuestra cosecha: hay un aprendizaje que existe más allá de la mente lógica. De la inteligencia en términos generales, si se quiere. Es en ese aprendizaje en el que cruzamos puentes que se queman detrás nuestro, y nos dejan en sitios de los que no podemos volver. Cuando del otro lado amamos, odiamos, sentimos, bah; ahi, el aprendizaje se entrevera, y las más claras lecciones nos importan un comino.

El único consuelo es que, si aprendimos, los próximos puentes como esos se van a quemar con nosotros de éste lado. Cruzaremos, claro, otros que debimos quemar. Eso es, sin más, la vida.

"No es el conocimiento, sino el acto de aprendizaje, y no la posesión, sino el acto de llegar allí, que concede el mayor disfrute", dijo alguna vez Carl Frederich Gauss. Así que disfruten de sus "actos de aprendizaje".

jueves, 26 de noviembre de 2009

Uno por uno

Seguimos desmitificando. NO todos los días se aprende algo nuevo. Hay días que pasan sin pena ni gloria. Y de hecho, estadísticamente, seguro que al dividir las cosas que uno aprendió por los días que vivió, esa cuenta debe dar más de uno.
Pero claro, la Varietè es servicio, así que encontramos en el blog Que la Pases Lindo una web que permite mantener ese mínimo común denominador de una cosa nueva por día: se llama Learn Something Every Day.
Porque cada día puede pasar algo nuevo...